La ciudad es una paradoja. Los signos de identidad que construimos en ella o a través de ella se hacen trizas en cada esquina. El escritor, observador atento del alma de las gentes, intenta descifrar los códigos de la ciudad, los singulariza, los deglute y los transforma en ficción. Como un halcón peregrino, atisba a la urbe desde la imaginación, pero la esencia de lo urbano se le escurre entre los dedos, es apenas una sombra, nada.
El signo de la ciudad es la contradicción. Al contrario de la cómoda realidad de sus habitantes, de aquellos que aquietan su alma con la vida de otros, de aquellos que degluten telenovelas y hacen el amor una vez a la semana, la ciudad es una vorágine, es un grito desesperado, una exclamación sucesiva, un rehén de sí misma. En la ciudad conviven todos los miedos y se dan rienda suelta a todos los placeres.
La ciudad reafirma lo que somos. Nos nutre de la realidad corpórea de la memoria, nos aturde con lo estentóreo cotidiano y nos alienta a soñar, a pesar de todas las negaciones. En la vida que late en la urbe, encontramos cada momento ese pedacito de nosotros mismos que abandonamos por temor o cobardía y al mismo tiempo aquello que aún no somos, lo que a lo mejor, nunca seremos.
Al mismo tiempo la ciudad nos convierte en otros. Nos aproxima a los abismos del miedo, de lo grotesco, de la sin razón. En la herida abierta de ser parte de la ciudad, están presentes todos los temores y todas las aberraciones. Pero fundamentalmente se agazapa la noción que de una manera irreductible, la convivencia nos aproxima al otro, nos convierte en parte de la masa, anula nuestra individualidad.
Sin ciudades, no hay ciudadanos. Pero las ciudades, con sus esqueletos de acero y hormigón, su piel de vidrio, sus venas de asfalto y adoquín, su histeria y su vorágine, pueden existir solas, superviven por sí mismas. El hombre, ningún hombre, es imprescindible para que la ciudad exista. La tremenda paradoja de la civilización –como ocurre también con la tecnología- es que en la medida en que es producto del hombre, tiende a superar la creación individual y se convierte en arquetipo.
Y a pesar del escritor, la ciudad existe antes que él. Y existirá después que él. Los delirios de grandeza del escritor, su absoluta falta de modestia, se detienen ante las puertas de la ciudad, y allí, humildemente, debe aceptar que en la ciudad, es uno más, otro más entre la multitud.
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