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Haití: los primeros serán los últimos

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En 1801, la nación más pobre de América declaró la abolición de la esclavitud, 6 años antes que Inglaterra. Esa declaración le convirtió en el primer país latinoamericano en declarar su independencia. 209 años después, un terrorífico terremoto desnundó ante todo el mundo su trágica vida. Una aproximación histórica sobre una nación saqueada por varios imperios.

Fotografía: cortesía, archivo de la Presidencia de Ecuador

Enero del 2010, Haití. Más de 220 mil personas murieron por el terremoto que sacudió a Haití. Antes como ahora, comida y vivienda son un lujo.

“No pueden existir esclavos en este territorio. Por lo tanto, la servidumbre queda abolida para siempre- (…) Todos los hombres, sin importar su color, son elegibles para cualquier empleo. (…) No existirá más distinción que la virtud y el talento”… Estas palabras, que suenan modernísimas, fueron publicadas en 1801. La abolición de la esclavitud es una primicia de Haití. Recién en 1807, Gran Bretaña abolió permanentemente el tráfico de esclavos. Sin embargo, no fue hasta 1833 cuando se abolió la esclavitud en las Antillas británicas. Las colonias francesas debieron esperar hasta 1848.
Ahora bien, ¿cómo es posible que la declaración que abre esta nota se haya dado en 1801, si la República de Haití nació en 1804? Volvamos al pasado y descubramos las circunstancias que permitieron ser los primeros a los haitianos.

En 1492, Cristóbal Colón llega a la segunda isla más grande de las Antillas y la llama Española. Los españoles fundan allí la colonia de Santo Domingo. Cuando la población indígena autóctona casi desapareció por el abuso de algunos españoles, el sacerdote católico Bartolomé de las Casas abogó por ellos, pero de una manera poco santa. La servidumbre de los indios fue sustituida por la esclavitud de los africanos.

A comienzos del siglo XVII, debido al auge que había adquirido el comercio informal de los colonos criollos de la isla, que iba en contra del monopolio que pretendía la metrópoli, el gobernador español Antonio de Osorio ordenó entre 1605 y 1606 la despoblación de la parte occidental de la isla, con el fin de frenar esa práctica. Con el tiempo, en las zonas despobladas del oeste se fueron asentando piratas de origen francés, quienes habían empezado ocupando la Isla de la Tortuga. Más tarde estos asentamientos determinaron que la parte occidental de la isla fuera reclamada por Francia. En 1697, España cedió a Francia esa parte de la isla por el Tratado de Ryswick, constituyéndose el Saint Domingue francés.

A partir de 1730, los franceses levantaron un sistema de irrigación que aumentó la producción de caña de azúcar. En 1750, Saint-Domingue era uno de los grandes exportadores de azúcar del mundo. Pero la producción de azúcar dependía de mucha mano de obra, provista por esclavos africanos. Los franceses blancos dueños de las plantaciones sabían que los esclavos los superaban en número, en relación de 10 a 1. Por eso vivían en continuo temor de una rebelión.

Esa situación era muy diferente de la que ocurría en el sur de EEUU (país que se independizó en 1776). Allí la relación numérica entre blancos y negros no era igual y tampoco vivían cerca todos los esclavos, por la distancia que separaba a las plantaciones de algodón. Hubo un tercer factor que no existió en el sur de EEUU: los colonizadores ingleses traían a sus mujeres a América. Hubo pocos cruces con la población amerindia en sus colonias; a diferencia de los españoles, que se mezclaron con la población nativa desde el primer día. Cuando llegaron los esclavos negros, hubo cruces pero en menor cantidad y, en general, no implicaron la emancipación de los mulatos resultantes.

Para 1760, la colonia francesa de Saint Domingue se componía de tres castas: los colonizadores blancos, los mulatos libres (hijos de amos franceses y esclavas negras, alfabetizados y con cargos de responsabilidad: soldados o mayordomos) y los esclavos negros. Estos últimos sufrían una alta tasa de mortalidad; por eso eran continuamente reemplazados por nuevos esclavos llegados de África. Esta circunstancia hacía que su idioma y su religión fueran diferentes.

El idioma francés, evidentemente, no llegaba a cuajar todavía entre los esclavos por esta continua sustitución. Por eso se formó un nuevo idioma de base francesa, pero con muchos préstamos de las lenguas del occidente de África, el Creole. Este lo usaban también los mulatos y los blancos, por cuestiones de trabajo.

En cuanto a la religión, la diferencia fue sustancial con el sur de EEUU. Allí los británicos protestantes nunca permitieron que los negros entraran en sus iglesias. Por eso debieron formar sus propias congregaciones, estimulados por los pocos blancos que entendían mejor el Evangelio. Hasta tenían una broma los esclavos de Alabama. Decían que un cristiano negro le preguntó a Dios en oración: “Señor, ¿por qué los blancos no me dejan entrar en su iglesia?”. El Buen Dios respondió: “¡Qué coincidencia! A mí tampoco me han dejado entrar…”.

En cambio, los colonizadores latinos (españoles, portugueses y franceses) eran católicos y, por decisión del Papa, estaban obligados a evangelizar a los colonizados (indios o negros). Esto hizo que los negros en Latinoamérica se sintieran parte, aunque fuera la última rueda del coche, de la Iglesia. Véase el caso de San Martín de Porres. Pero donde hubo esclavos negros en grandes cantidades, hubo sincretismo con las religiones africanas, desarrollándose cultos nuevos. Eso sucedió, por ejemplo, en Brasil. En Haití el sincretismo fue total, porque no hubo tiempo de que se asentara el cristianismo entre los esclavos. Apareció el vudú, esa extraña mezcla de cristianismo y animismo.

Otra consecuencia del gran número de esclavos concentrados en Saint Domingue y del poco número de sus amos, fue la facilidad para fugarse. Estos esclavos fugitivos, conocidos como ‘cimarrones’, vivían en bandas internadas en sitios inhóspitos. Para subsistir, realizaban ataques esporádicos contra las plantaciones menos protegidas. Eran miles y carecían de líderes con visión regional. Pero hubo un cimarrón diferente. El shamán vudú François Mackandal, quien unió a las dispersas bandas de cimarrones y estableció una red secreta de comunicaciones con los esclavos de las plantaciones, causando daños enormes a los colonizadores entre 1751 y 1757. Mackandal fue ajusticiado por los franceses en 1758, a partir de entonces las bandas de cimarrones fueron más numerosas y más disciplinadas.

Llegó el año 1789, en vísperas de la Revolución Francesa. Saint-Domingue producía el 40% del azúcar del mundo. Era la más rica colonia de Francia y, en general, la más rica del Caribe. El medio millón de esclavos negros superaba en número a los amos blancos y a los mulatos libres en proporción de 8 a 1. Pero cada año moría el 5% de ellos y debía ser reemplazado por nuevas importaciones de África. Esto se debía al exceso de trabajo, a la malnutrición y a la insalubridad. Había más hombres que mujeres entre los esclavos. Algunos de estos pertenecían a una elite de empleados domésticos o aprendices urbanos de artesanías. Generalmente estos habían nacido en América.

Había unos 40.000 blancos en la colonia en 1789. Tal como sucedía en Hispanoamérica con los españoles, en Saint Domingue la administración gubernamental solo la ejercían los blancos nacidos en Europa. Los dueños de las plantaciones eran los ‘grandes blancos’. Algunos de ellos, para evitar las temibles enfermedades tropicales, vivían en Francia y dejaban sus tierras en manos de un administrador local. Este podía ser un pariente o un miembro de los llamados ‘pequeños blancos’: mayordomos, artesanos, tenderos, traficantes de esclavos y hasta jornaleros. Luego estaban los mulatos libres, de quienes ya hablamos, que eran más de 28.000 en 1789. Muchos de ellos ejercían oficios similares a los de los ‘pequeños blancos’ (como mayordomos y artesanos) o ejercían el servicio doméstico en las casas de los ‘grandes blancos’.

Las noticias sobre la Revolución Francesa del 14 de julio de 1789 fueron bien recibidas en esta colonia. Lo mejor, especialmente para los mulatos libres y los esclavos que pudieron enterarse del asunto, fue la Declaración de los Derechos del Hombre, el 26 de agosto de 1789, la cual proclamaba que todos los hombres eran libres e iguales. Los ‘grandes blancos’ soñaban en independizarse de Francia, para poder comerciar con otros países. Por eso, los esclavos se aliaron al principio con París. Su instinto les decía que la esclavitud sería peor sin el freno de la metrópoli.

Los mulatos libres de Saint-Domingue, liderados por Julien Raimond, apelaron a Francia, para obtener iguales derechos que los blancos. Raimond se dirigió a la Asamblea Nacional en París. En octubre de 1790, Vincent Ogé, otro mulato libre rico de la colonia, retornó de París, donde había estado trabajando con Raimond. Convencido de que la nueva Constitución de Francia otorgaba plenos derechos a los mulatos libres con rentas propias, Ogé demandó el derecho al voto. Cuando el gobernador colonial rehusó, Ogé se rebeló. Fue capturado en 1791 y ejecutado. Aunque Ogé no peleó contra la esclavitud, su muerte convenció a los esclavos de que los blancos no les concederían nada.

El Gobierno revolucionario de Francia decidió dar la ciudadanía francesa plena, con derecho a elegir y a ser elegido, a los mulatos libres con rentas propias, en mayo de 1791. No obstante, los blancos dueños de plantaciones se negaron a cumplir con el mandato de París. Los mulatos libres decidieron luchar y los esclavos negros, también.

El 22 de agosto de 1791, unos 100.000 esclavos se rebelaron y la colonia de Saint Domingue cayó en guerra civil. Dutty Boukman, shamán vudú y líder cimarrón, convocó a la rebelión. En 10 días se tomaron un cuarto de la colonia y sembraron el terror entre los ‘grandes blancos’. Estos respondieron con fuego y mataron a miles de esclavos. Pero hubo 4.000 blancos muertos y 180 plantaciones de caña de azúcar incendiadas.

Para 1792, los esclavos ya controlaban un tercio del país. En París, concedieron plenos derechos civiles a todos los mulatos y negros libres. Los demás países europeos se horrorizaron. Además, París envió 6.000 soldados a la isla. Mientras tanto, en 1793, Francia declaró la guerra a Gran Bretaña. Los dueños de esclavos de Saint Domingue se pusieron en contacto con Gran Bretaña y con España. Esta última, que controlaba el resto de la isla Española, invadió Saint Domingue, apoyando a los esclavistas. En agosto de1793, solo quedaban 3.500 soldados franceses en la isla. Para evitar la derrota militar, el gobierno colonial liberó a los esclavos, lo cual fue confirmado por París en 1794. El saldo mortal de la rebelión fue de 100.000 negros y 24.000 blancos.

Aquí entra la figura de Toussaint L’Ouverture, antiguo esclavo del servicio doméstico y un autodidacta asombroso. Cuando los franceses proclamaron la suspensión de la esclavitud, L’Ouverture se unió a la República Francesa con sus disciplinadas fuerzas. Muchos ex esclavos negros se unieron a él. Este improvisado general resultó un excepcional estratega. Expulsó a las tropas españolas de su territorio y restauró el dominio francés sobre Saint Domingue. Para entonces ya se había convertido en amo del país y no lo entregó del todo a Francia. Empezó a gobernarlo como una entidad autónoma. No solo obtuvo el control de toda la colonia, sometiendo a sus rivales, sino que derrotó a una fuerza expedicionaria británica en 1798. En 1801 invadió la parte española de la isla, Santo Domingo, donde liberó a los esclavos.

Ese mismo año, 1801, Toussaint L’Ouverture se proclamó gobernador vitalicio y puso en vigencia una constitución para Saint-Domingue, como territorio autónomo de Francia, sin declarar la independencia. Precisamente, esta constitución, que sería luego la de Haití, abolió la esclavitud y es la que citamos al iniciar este artículo. En represalia, Napoleón Bonaparte envió barcos y tropas para someter a los rebeldes. Esta fuerza estaba comandada por el cuñado de Napoleón, Charles Leclerc, y contaba con una brigada de mulatos libres, al mando de Alexandre Pétion y André Rigaud. Durante las batallas, algunos aliados de Toussaint, como Jean-Jacques Dessalines, se pasaron al bando de Leclerc.

L’Ouverture se rindió, con la promesa de que sería liberado de inmediato, en mayo de 1802. Pero terminó como prisionero en Francia, en los fríos Alpes, donde murió poco después. La traición de quienes luego serían los líderes de Haití, al entregar al caudillo patriota a los franceses, parecía una sombra profética de lo que pasó después con Francisco de Miranda, en Venezuela. Él también fue traicionado por los futuros líderes grancolombianos.

La administración napoleónica pronto mostró sus garras, al querer restaurar la esclavitud. Dessalines y Pétion volvieron a cambiarse de camiseta, en octubre de 1802, atacando a los franceses. En noviembre, Leclerc y muchos de sus soldados murieron por una epidemia de fiebre amarilla. Para colmo, Napoleón se desinteresó de América y hasta vendió el enorme territorio de Luisiana a EEUU en abril de 1803. Dessalines lideró la rebelión y los franceses capitularon en noviembre de 1803. El 1 de enero de 1804, la antigua colonia francesa de Saint Domingue, pasó a llamarse República de Haití, resucitando el nombre original de los aborígenes de la isla. Entró en vigencia la Constitución de 1801.

Ciertamente, Haití fue la primera nación independiente de Latinoamérica, la primera nación negra que se liberó de la esclavitud y la única que obtuvo su libertad por una rebelión de esclavos. Ya lo dijimos, fue también el primer país en abolir la esclavitud. Pero aquí se aplica la frase bíblica “Los primeros serán los últimos”. La nueva nación empezó mal. Tantos años de guerra habían acabado con su agricultura y no permitieron la existencia de un comercio formal. La mayoría -ex esclavos- era analfabeta y pocos tenían oficios. Sin olvidar lo peor: Haití aceptó indemnizar a los antiguos dueños de esclavos en 1825, por 150 millones de francos.

Estos se redujeron en 1838 a 60 millones, ¡a cambio de la promesa francesa de no invadir Haití! Esa indemnización rompió las arcas haitianas y dejó lisiado al nuevo país. Se suma la existencia de una elite mulata que se creía predestinada a gobernar Haití, apoyada por una formidable fuerza armada que había derrotado al mejor ejército del mundo, el de Napoleón.
Como podría haber dicho Alejo Carpentier, ya seguiremos hablando del “reino de este mundo”…

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